martes, 9 de julio de 2013

Extraño pararme abajo de la lluvia. Descalza, sintiendo el pasto y el barro, la lluvia llegando a todo mi cuerpo, el humo saliendo de mi boca, la paz, el silencio. Los que me tratan de loca, los que entienden perfectamente de que hablo; en ese momento, ninguno de ellos me importa. A veces hace bien parar al mundo, bajarse de sus vueltas y problemas; disfrutar de la propia compañía y ver que, en realidad, nunca estamos tan solos como pensamos. Me gustaría mucho tener tantas cosas: unos ojos que me reflejen y me vean hermosa, un pecho en el que recostarme a dormir, un colchon donde no haya restricción y un abrazo que me repare cuando este rota. Pero a falta de eso, ahora tengo otras cosas, quién te dice, más necesarias. Quizás ahora que tengo esas otras cosas, cuando el amor vuelva de las vacaciones pueda disfrutarlo más. Mientras tanto, voy a bailar el candombe que me da la vida hasta que me duelan los pies. A veces me gustaría pegarte muy fuerte, zarandearte y gritarte que quiero que me ames; otras haría lo mismo, pero te gritaría que te alejes. Me siento tan chiquita y pasional en un mundo de adultos de emociones cuadradas, calculadas; siento que todo se va de las manos y justo cuando yo no lo puedo controlar, la realidad me da un cachetazo y el río vuelve a su cauce. Qué suerte que exista la realidad, qué lindo poder huir de ella un ratito. 
Quedate un ratito más, después nos vamos a ver el cielo. Aunque llueva.
Y si me animo te cuento cuanto, cuanto... no.

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