Hace mucho no escribo. Creo que es porque tampoco hablo. Creo que es porque tampoco soy sincera conmigo misma.
Me olvide como escribir, me olvide como contar lo que me pasa. Estoy todo el tiempo bien. Hago todo, puedo con todo, supero todo. Hasta que de golpe, ya no, y camino 20 cuadras sin poder contener el llanto en plena ciudad de Buenos Aires.
Y qué raro todo, los autos al lado mio, yo misma caminando apurada mientras Noel y Liam me cantaban que stop crying your heart out, pero ya era tarde: mi corazón o lo que queda de el estaba destrozado, tirado en la vereda del Centro Cultural San Martin, donde quien sabe cuantas cosas se habrán roto ya. Y tantas cosas por hacer, todo tan vertiginoso, son las 18: 55 y todavía me faltan 10 cuadras, el bondi que no para, mis ojos que quieren seguir expulsando tristezas por más que intente contenerlos, la gente que me mira raro, debo tener cara de fumada, los ojos rojos e hinchados, muy pocos se detienen en la mirada triste. El parcial de mañana, los apuntes sin leer, la billetera con parte del sueldo de mi viejo, ese que tiene pinta de chorro y me mira mucho.
Y en lo único que puedo pensar es en cómo cambió todo de un momento para el otro.
Hace apróximadamente un año, mi abuela se desperto para ir al baño. Y se cayó.
Hace apróximadamente un año que mi abuela no camina y no vive en su casa. Ahora llama 'casa' a una habitación triste, fría y compartida de un geriátrico de Lanús. En realidad no. En realidad, ahora mi abuela duerme. Todo el tiempo. Internada en una clínica inhóspita como todas las clínicas y sin ser casi consciente de quién es ni dónde está, demasiado sedada por los medicamentos psiquiátricos que le permiten recordar quién es y quiénes somos.
Hay demasiadas cosas que no quiero decir. Escribirlas sería hacerlas tangibles, reales. Y no quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario